La historia en la calle

Callejear por Murcia, observar sus monumentos, reflexionar sobre el nombre de sus calles y plazas y conocer el proceso administrativo para designarlas…

avance n1 3

Una forma curiosa y diferente de acercarnos a la historia de la ciudad

En la más popular de las plazas donde los murcianos –y los visitantes- disfrutan hoy de su caña y su marinera, antiguamente se levantó la carnicería municipal, un edificio del siglo XVII en el que se daba cobijo a doce puestos de venta de carne. Cuando fue demolido en 1893, dejó su hueco en forma de nuevo espacio urbano y el ayuntamiento concedió permiso para la instalación de un kiosco de flores. Poco después, en los primeros años del siglo XX, el consistorio decidió rotular la plaza con el nombre de un murciano ilustre recién fallecido: don Pedro Díaz Cassou. Sin embargo, para entonces el pueblo había emitido su veredicto: sencillos y prácticos, los ciudadanos estaban acostumbrados a conocer aquel lugar como el de las flores, y ya se sabe que la costumbre hace la ley. Así, la placa con el nombre del abogado, escritor y estudioso de la historia de Murcia, clavada en la pared, se hizo invisible para el común de las gentes hasta que el ayuntamiento decidió retirarla en 1968, y sustituirla por otra con el tradicional ‘Plaza de las Flores’. De ese modo y en aquel lugar, los gobernantes validaron el cambio de denominación con el argumento de respetar la tradición de los nombres arraigados entre los murcianos, y el pueblo ganó una batalla que jamás consideró como tal. A eso le llaman sabiduría popular, porque el relax y el disfrute del aperitivo en la mencionada plaza, por mucho que uno quiera alargarlo, dura poco; lo mismo que dura una flor cortada.

En el listado de nombres de las calles y plazas de una ciudad, conocido comúnmente como callejero, se dan cita varios elementos: por un lado, el interés de los gobernantes por rendir tributo a personajes y hechos históricos que consideran dignos de homenaje; por otro, la necesidad práctica y administrativa de tener rotuladas y numeradas las calles y viviendas; y en medio, la comodidad y la conveniencia de los ciudadanos a la hora de fijar referentes y orientarse en el espacio urbano. Al mirar con detenimiento el plano callejero de Murcia, y al reflexionar sobre lo escrito en él, podemos hacernos muchas preguntas: ¿Sabemos quiénes son esas personas o de dónde vienen esas palabras que transmitimos cuando alguien nos pregunta nuestra dirección? ¿Los nombres de las calles reflejan con imparcialidad la historia de Murcia? ¿Conocemos el proceso político y administrativo que siguen dichos nombres desde que son propuestos hasta que quedan grabados en una placa metálica? ¿Interesa este tema a los ciudadanos o sólo se le presta atención cuando surge la polémica?

El escenario de la vida
La historia de una ciudad se produce en el gran escenario que configuran sus calles y plazas. El nombre que el pueblo les dio en tiempos remotos, conservado y transmitido cual romance –pues ni siquiera tenían rótulo-, y el que los representantes del pueblo les han venido otorgando en tiempos recientes, nos aproxima a nuestro pasado. La toponimia urbana jamás proporciona pistas falsas: el homenaje hecho calle, sea más o menos justo, más o menos imparcial, nos habla de todo lo que es y de todo lo que no es una ciudad; nos dice el grado de conocimiento e interés por el propio pasado tanto de los ciudadanos como de sus gobernantes. Y aunque en algunos casos lo podamos considerar un complemento lúdico, anecdótico o curioso para conocer la historia, a veces el estudio del callejero puede convertirse en el único vestigio, en el único resto conservado de tradiciones ancestrales que no han llegado hasta nosotros.

En el prólogo del libro ‘Callejero murciano’ (Nicolás Ortega Pagán, Nicolás Ortega Lorca y José Ortega Lorca. Murcia, 1973), el historiador Juan Torres Fontes escribió que “la ciudad es la suma de sus calles, porque donde no hay calles, no hay ciudad; en la misma forma, la suma de los nombres de las calles es el sumario histórico de la ciudad”. Y prosigue: “En ella se condensan en pocas líneas lo mejor, lo más valioso, lo que más profundamente ha llegado al alma de la ciudad”. Pero en el caso de Murcia, cabe preguntarse: ¿Es así, o se trata más de un deseo que de una realidad? En realidad, lo de poner nombre ‘oficial’ a las calles es un hecho relativamente reciente. Según nos cuenta el propio Torres Fontes en el mencionado prólogo, fue el 18 de abril de 1796, bajo el mandato del corregidor Vicente Cano Altares, cuando el ayuntamiento empezó a numerar y poner nombres a las calles de Murcia. Ayer, como quien dice. Antes de ese día los gobernantes no tenían el menor interés en el asunto; no lo necesitaban. Nombrar calles era cosa del pueblo, que para aclararse y tener elementos de referencia aplicaba la lógica más simple: que en una calle había muchos talleres y tiendas de jabón, pues Calle de Jabonerías; que en otra calle había una almazara, pues Calle de la Almazara; que ante la fachada de la iglesia dedicada a San Bartolomé se abría una plaza, pues Plaza de San Bartolomé. El bautismo callejero surgió con el fin de ordenar la vida urbana, y en un primer momento el ayuntamiento se limitó a sancionar la voluntad popular e institucionalizar el nombre con el que los murcianos ya venían llamando a la gran mayoría de sus calles. Más tarde llegó el interés por introducir nombres de personajes o hechos no relacionados con una determinada calle, sino con un marco geográfico más amplio o con conceptos de carácter más general, pero según fuera el tinte político e ideológico del régimen imperante, dicho marco y los criterios en los que se amparaba se vieron contaminados por el sectarismo y la parcialidad. Así, el callejero fue invadido poco a poco por los nombres y hechos que el gobernante quiso imponer, más que como merecido homenaje o como forma de reafirmar la identidad local, como medio para reafirmar su poder y su propia identidad. Y no contento con bautizar calles nuevas, también cambió el nombre de las existentes: a mayor importancia del personaje o hecho a destacar, más importante debía ser la vía a la que diera nombre. Todo ello se intensificó con la expansión urbana de Murcia, que además vino a producirse bajo una dictadura. En la actual etapa democrática se estableció un mecanismo que pretende conjugar la participación ciudadana con la voluntad de los gobernantes, elegidos a su vez por el propio pueblo. Un mecanismo que, por sí solo, no asegura el consenso ni la participación.

Cuando el pueblo mandaba (en la calle)
Quizá el murciano medio del siglo XV no tuviera la formación necesaria para conocer y reconocer el legado de sus antepasados, y muy probablemente desconocía el nombre de los musulmanes que dieron origen a la ciudad y a la huerta, o el de los cristianos que la conquistaron y que se embarcaron a la aventura de repoblar un territorio inhóspito e inseguro. El murciano medio no conocía tales circunstancias y no se le pasó por la cabeza rendir homenajes. El nombre de sus calles era una herramienta, sin más, y gracias a la propia belleza del lenguaje y a la de sus elementos cotidianos, en algunos casos le permitió fijar hermosos referentes.

Sobre el tema se han escrito varios libros, aunque todos acumulan hoy bastante tiempo a sus espaldas y han quedado algo desfasados. El más conocido es el trabajo de Nicolás Ortega Pagán*, archivero municipal, periodista y cronista oficial de la ciudad, que durante los años 50 se dedicó a recopilar información sobre las calles de Murcia y a publicar sus artículos en el diario Línea. La labor de Ortega Pagán quedó inacabada, y más tarde fueron sus hijos Nicolás y José quienes la completaron hasta que, finalmente, fue recogida en el libro “Callejero murciano”, editado por el ayuntamiento de Murcia en 1973. En su introducción, la familia Ortega ofrece uno de los motivos por el que algunas de las calles encontraron su nombre: “Cuando existían los gremios y se agrupaban por sus respectivos oficios, el pueblo les aplicaba la denominación de sus profesiones y así se han perpetuado los nombres de la Trapería, Platería, Jabonerías, Lencería, Frenería etc., donde se hallaban todos estos industriales. No quiere decir que todos los vecinos de la calle tuvieran tienda abierta de los antedichos oficios, pero sí que cuantos a ellos pertenecían habitaban en aquella calle”. El caso de las populares calles de Trapería y Platería, por su céntrica ubicación, es el más conocido: en la primera, abierta tras la entrada en Murcia del rey Jaime I de Aragón en 1266, fueron los oficios de telas y el comercio de las mismas por parte de genoveses, malteses y otros, los que le dieron su nombre. Orientada de norte a sur, la Trapería fue peatonalizada en 1902 y se convirtió en un salón alargado, en el centro del comercio y de la actividad bancaria de la ciudad; del encuentro, la parada y la breve charla con los amigos, amparados siempre por la agradable sombra de sus toldos –incomprensiblemente desaparecidos-. En cuanto a la Platería, aparece citada por Javier Fuentes y Ponte en su “Murcia que se fue” del siguiente modo: “…parte hacia poniente la calle de la Platería, donde hay tiendas de finas telas, argenteros y plateros que hacen filigranas en botonaduras, joyas y veneras como en Córdoba”. Trapería y Platería cruzaban sus caminos en las llamadas ‘cuatro esquinas de San Cristóbal’, porque en dicho cruce se elevaba un altar dedicado al patrón de los viajeros. Ya sin el altar, hoy es conocido simplemente como ‘las cuatro esquinas’, ejemplo de espacio urbano sin rotulo oficial pero con un nombre reconocible y reconocido por todos los murcianos. Nótese además que es el único lugar donde no se incurre en la clásica reiteración murciana del ‘pico-esquina’ –nadie habla de las ‘cuatro pico-esquinas’-.

Muy cerca de las cuatro esquinas se encuentra la calle de Jabonerías, donde los artesanos del ramo elaboraban el jabón, y otras dos calles sin nombre de gremio pero que aluden a unos oficios determinados que eran desarrollados por los vecinos de dos localidades murcianas: por un lado, la calle Albudeiteros, que va a desembocar a la plaza Romea –anteriormente llamada ‘del Esparto’-, donde las gentes venidas de Albudeite guardaban la materia prima de su oficio, para sacarlo y trenzarlo en la ancha plaza vecina. Con el esparto elaboraban todo tipo de enseres de uso cotidiano: capazas, caracoleras, esteras… La otra es la de Algezares, hoy González Adalid, donde según nos cuenta Nicolás Ortega Pagán, “tenían su depósito los yeseros del vecino pueblo de este nombre, que en saquitos de lienzo lo traían sobre borriquitos (…) y dejaban su mercancía en el mencionado depósito, del que se surtían los albañiles de la ciudad”.

Hay más calles gremiales a lo largo y ancho de la Murcia medieval, aunque en ocasiones la nomenclatura puede despistarnos: por el Oeste, junto a una puerta de la muralla que también recibió su nombre, debieron estar los talleres de los vidrieros. Sin embargo, Ortega Pagán lo puso en duda y la arqueología no lo ha demostrado. De hecho, las excavaciones llevadas a cabo por Pedro Jiménez* y Julio Navarro a finales de los 90, identificaron dos talleres medievales de vidrio en el entorno de la Plaza Belluga y de la calle Puxmarina y, eso sí, confirmaron la importancia de la producción de vidrio de la Murcia andalusí, de donde salían las piezas más valoradas junto a las de Málaga y Almería. Parece que no hay despiste en el caso de la plaza Yesqueros, que Nicolás Ortega explica así: “(…) habitaban en la mencionada plaza los que se dedicaban a esta profesión (…). El sitio en que está ubicada lo confirma, antiguamente metida en la misma huerta. En ella recogían estos artesanos la materia prima para fabricar la yesca, cuyo principal uso era como combustible para encender fuego. También se empleaba en medicina como hemostático para cohibir las hemorragias”. La misma operativa sirvió para las calles de Alfareros –junto a la plaza de San Agustín-, Escopeteros –en el barrio de San Juan-, Frenería –allí estaban los fabri cantes de frenos para los carros- Turroneros –en San Antolín-, u Organistas –cerca de la Catedral-: esta última calle se llamó anteriormente ‘organista’, por lo que Ortega Pagán cree que no es que hubiera talleres de fabricación de órganos, sino que en ella vivió el encargado del órgano catedralicio. También hay que citar la calle Aladreros, en el barrio del Carmen, así llamada por la presencia de humildes talleres de carpintería que formaban estacadas y torneros para pozos, y que abastecían para su trabajo a los mineros de Herrerías y Mazarrón, llegados a Murcia por la actual calle Cartagena.

Hubo otros ejemplos en el callejero que nos daban información de estos oficios antiguos, pero durante el siglo XX perdieron su nombre: uno es el de los escoberos, detrás de la iglesia de San Antolín; el de los aguadores, en la actual calle Gómez Cortina –junto a la calle Santa Teresa-, quienes tomaban el agua de la acequia contigua –calle de la Acequia, actual Acisclo Díaz-; el de los espaderos y luego caldereros, en la hoy llamada calle del Pilar –sobre la que volveremos más adelante el ejemplo de los bodegueros, los propietarios de bodegones o casas de comida que tan buena fama dieron a la ciudad por la calidad de sus platos: situada detrás de la iglesia de San Pedro y desembocando en la plaza de las Flores, el tradicional nombre esta calle cedió su hueco al arzobispo Simón López, pero conservó su aire gastronómico. La agrupación de gremios y tiendas no fue lo único que generó la nomenclatura callejera. Ya se ha referido que la presencia de elementos como molinos o acequias, de iglesias y conventos o de personajes populares y de recio abolengo, ‘fabricaba’ por sí misma la toponimia urbana. Existió en Murcia una calle de la Almazara, aunque fue sustituida por Trinidad debido a la existencia del convento del mismo nombre, en los terrenos que hoy ocupan el colegio Andrés Baquero y el Museo de Bellas Artes. La citada calle de la Acequia, hoy Acisclo Díaz, era una de las más largas de la ciudad y discurría junto a su cauce desde el convento de las Agustinas hasta el de las Claras, en sentido este-oeste. Es interesante el caso de la calle Almenara: situada en el extremo noroccidental de la Murcia amurallada, en la salida hacia el paso del río, dirección Cartagena, era el lugar donde según Nicolás Ortega se recogían y enviaban las señales de alarma mediante hogueras. En efecto, la palabra ‘almenara’ proviene del árabe hispánico ‘almanara’, y ésta del árabe clásico ‘manarah’, que significa ‘faro’, ‘lugar donde hay luz’ –de ella viene también el nombre del ‘menoráh’ judío-. Su significado en español es el de ‘fuego que se hacía en torres o atalayas para dar aviso de la llegada de tropas enemigas’, y el de ‘candelero sobre el que se ponen candiles de muchas mechas para iluminar una habitación’.

Algunas denominaciones se crearon de forma casual, por medio de curiosas anécdotas: sería el caso de la calle del Pilar, llamada sí por la presencia de la ermita del mismo nombre, que se construyó adosada a la muralla a finales del siglo XVII. Según cuenta Ortega Pagán aludiendo al relato de Javier Fuentes y Ponte, la ubicación y advocación de dicho templo se debe a la acción de gracias del corregidor Pueyo, natural de Aragón y fiel devoto de la ‘Pilarica’: “Era una noche tenebrosa del año 1683, e iba de ronda con sus ministriles el corregidor don Francisco Miguel Pueyo, cuya actividad, muy celosa, puso en orden y modificó las costumbres de la ciudad, limpiándola de malhechores. Unos de estos concertaron su muerte y, guarnecidos en la muralla, cerca de la puerta árabe (por donde entró el emperador Carlos V el 5 de diciembre de 1541), conocida por Bil Xegura y después por Puerta de Vidrieros, aguardaron el paso de la ronda; el corregidor iba delante y al volver la esquina recibió la descarga de un trabucazo. Los criminales huyeron sin ser habidos, y quedó ileso aquél, quien reparó que una de las balas había dado en un relicario que, con la imagen de Nuestra Señora del Pilar, llevaba siempre al cuello, pendiente de una cadena de oro”. El periodista Martínez Tornel, que recogió un romance de manos de Frutos Baeza, variaba el arma del intento de asesinato: en lugar de un trabuco, el ataque se habría producido con una espada aunque con idéntico final y sin consecuencias para la salud de Pueyo:

“A la Virgen del Pilar,
la que mi vida salvara
de muerte cierta y segura
por su gracia soberana,
dedico esta pobre ermita
a mis expensas fundada”

Un hecho igualmente circunstancial y no muy decoroso sirvió, según Nicolás Ortega Pagán, para dar nombre a otra calle, la de Gabacha. Aunque el diccionario de la Real Academia alude como origen de esta palabra al provenzal ‘gavach’, que significa ‘que habla mal’, Ortega cita el significado recogido por García de Diego en su Diccionario Etimológico (1954): ‘de cuido negligente’, de poca limpieza. Con esta base documental, y teniendo en cuenta que en la contigua calle de las Mulas –llamada hoy Ruipérez por el pintor murciano que vivió en ella-, se celebraba una feria de ganado, los excrementos y la suciedad debían de acumularse en tal cantidad en los aledaños que la tortuosa calle vecina recibió el nombre de ‘Gabacha’ –escrito con ‘b’ y no con ‘v’-; literalmente, ‘calle de la suciedad’. No menos curiosa es la calle de Poco Trigo –hoy Isabel la Católica-, en el barrio de San Juan, en la que vivían varios hidalgos con más apellido en el escudo que comida en la despensa. Y hasta tal punto estaba alejada la idea de homenaje en el imaginario colectivo a la hora de poner nombre a las calles de la ciudad, que en algunas ocasiones pasó como con la de Alfaro: los murcianos empezaron a llamarla así por lo sucedido a don Nicolás Alfaro, administrador de rentas del Pósito en el siglo XVIII, cuando su mala gestión provocó que le embargaran su residencia, sita en aquella calle.

En otras calles el pueblo ha querido ver la influencia de hechos truculentos, como en la llamada ‘de Brujera’, en San Nicolás: se ha dicho que alguien diabólico debió habitar en aquel lugar, pero no hay constancia de la existencia de una bruja vecina. La explicación que Ortega nos ofrece es la posible corrupción lingüística de la palabra ‘brucera’, como lugar donde se hicieran bruzas o cepillos de cerdas fuertes. El temor sí que influyó en calles donde, por su oscuridad y estrechez, los vecinos decidieron erigir pequeños altares u hornacinas para colocar santos y vírgenes, que cumplirían una función protectora tanto en el campo físico como en el espiritual: por un lado, la presencia sagrada reconfortaría al vecino y amedrentaría al malhechor, y por otro, obligaría a colocar y mantener una iluminación permanente durante la noche que, todo hay que decir, debían costear los propios vecinos. Ese es el caso de la calle de la Aurora, que recibe su nombre del arco y de la virgen homónima: situada al norte de la ciudad, estrecha, oscura y lindando con la huerta, durante la noche no debía ofrecer sensación de seguridad a sus habitantes y en 1767 colocaron la imagen de la Aurora para mitigar el miedo. Según Ortega, “esta calle es el antiguo Portillo de la Aurora, por donde se salía a un juego de bolos bastante concurrido de espectadores de la ciudad y de la huerta, constituyendo una de las distracciones más apasionantes de la época”. Afortunadamente, el arco al que Jorge Guillén dedicara unos versos en 1927 (“humilde eternidad por calle corta”), aún sobrevive.

Podéis leer el número 1 completo y gratis en este enlace:

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